Artículo de Opinión de Jorge Varela, portavoz de Herriaren Eskubidea/Independientes
IRITZIA | La participación ciudadana se ha convertido en uno de esos conceptos que suenan bien en los discursos políticos, pero que a menudo quedan en papel mojado cuando llega el momento de la verdad. El caso del Bizipark aprobado por PNV, PSOE y PP es un ejemplo paradigmático de esta contradicción: se consulta a la ciudadanía, se recogen sus propuestas, pero después se ignoran sistemáticamente todas las aportaciones tanto de vecinos como de la oposición.
Esta dinámica revela una concepción instrumental de la participación, donde las consultas sirven más para legitimarse políticamente que para construir políticas públicas de forma colaborativa. Es lo que podríamos llamar «participacionismo cosmético»: se cumple el trámite, se da la apariencia de escucha, pero las decisiones ya están tomadas de antemano.
El debate sobre el consumo de alcohol en la calle ilustra perfectamente esta diferencia entre los enfoques de Herriaren Eskubidea/Independientes y el gobierno de PNV y PSOE. La propuesta del gobierno municipal apuesta por el camino fácil de la recaudación mediante sanciones. Convertir al ayuntamiento en una máquina de multar no resuelve el problema de fondo. Es como tapar una gotera poniendo un cubo debajo en lugar de arreglar el tejado.
La propuesta de Herriaren Eskubidea/Independientes, basada en la educación y la prevención, puede ser más compleja y menos rentable económicamente a corto plazo, pero aborda las causas reales del problema. Requiere más trabajo, más creatividad y más compromiso real con la comunidad, pero sus efectos son más duraderos y justos socialmente.
La diferencia entre ambos enfoques no es solo técnica, sino filosófica: ¿Qué modelo de ciudad queremos? ¿Una que eduque y acompañe a sus ciudadanos o una que los multe? ¿Un ayuntamiento que construya comunidad o que simplemente administre prohibiciones?
La verdadera participación ciudadana no es solo preguntar, sino estar dispuesto a cambiar de opinión cuando los argumentos de la ciudadanía son sólidos. Solo así la democracia local dejará de ser un monólogo disfrazado de diálogo.


