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«Escuchar a Carmelo era viajar a la mejor historia del Athletic»

Artículo de opinión de Kevin Doyle

Carmelo Cedrún junto a Kevin Doyle en el txupinazo de 2016

EUP! | Hay personas a las que es imposible definir con una sola palabra. Carmelo Cedrún era Athletic, sí. Pero también era cercanía, cariño, conversación y un sinfín de anécdotas que convertían cualquier encuentro con él en una lección de fútbol y de vida. Tuve la suerte de conocerle cuando apenas comenzaba mi camino en el periodismo. Recién terminada la carrera, fue uno de los primeros contertulios con los que compartí micrófono. Con el tiempo terminó siendo el más veterano de todos los que han pasado por mis programas. Cada vez que llegaba a la televisión sabía que iba a disfrutar. Escuchar a Carmelo era viajar a otra época, a aquel Athletic de los años cincuenta en el que defendió la portería con el mismo orgullo con el que después hablaba del club de su vida.

No necesitaba adornar sus historias. Bastaba con dejarle hablar. Recordaba partidos, compañeros y vivencias con una naturalidad que hacía sentir que uno estaba allí. Y lo hacía, además, con una cercanía difícil de encontrar. Nunca tuvo filtros. Decía lo que pensaba, sin rodeos, con esa honestidad que hoy parece tan escasa y que él llevaba por bandera.

Había algo que siempre me llamaba la atención. Cuando el Athletic perdía, él lo sufría de verdad. No era un comentario más de tertulia; era el disgusto de alguien que sentía el club como parte de su vida. Le costaba entender que el equipo no hubiera dado más, que no hubiera competido como él creía que exigía aquel escudo. Para Carmelo, se podía ganar o perder, pero jamás dejar de darlo todo sobre el campo.

Y, sin embargo, bastaba con preguntarle por el siguiente partido para que reapareciera el optimismo. No importaba el rival ni el momento. Él siempre confiaba. “Seguro que ganamos”. Tenía una fe inquebrantable en el Athletic. Quizá era el poso que dejan los campeones, esa mentalidad de quien ha ganado tanto que solo concibe competir para vencer. Veía al Athletic con los ojos de alguien que nunca dejó de sentirse futbolista y que seguía creyendo que aquel escudo estaba por encima de todo.

Carmelo Cedrún

Con el paso de los años también me tocó ver la parte más dura de la vida. La enfermedad fue apagando poco a poco a aquel hombre de conversación interminable. Coincidimos muchas tardes en la residencia, donde también estaba mi suegro. Verle sentado, en silencio, tan distinto de aquel Carmelo que llenaba cualquier tertulia con sus historias, resultaba inevitablemente doloroso.

Hay una imagen que difícilmente olvidaré. Estaba en Batzoki de Durango mirando una fotografía de Carmelo levantando títulos junto a sus compañeros, una imagen llena de fuerza, juventud y gloria. Levanté la vista y, a escasos metros, allí estaba él, sentado en su silla. Fue imposible no pensar en el paso del tiempo, en cómo la vida es capaz de llevarnos del esplendor a la fragilidad en un abrir y cerrar de ojos. Son esas escenas que te obligan a detenerte unos segundos y a valorar mucho más los recuerdos que conservas.

Pero hoy no quiero quedarme con ese último capítulo. Prefiero recordar al Carmelo que me enseñó a entender un poco mejor lo que significa el Athletic; al hombre que disfrutaba hablando de fútbol, que defendía unos valores, que exigía compromiso y que, por encima de todo, transmitía un amor incondicional por unos colores. Me quedo con las conversaciones, con las risas, con las anécdotas y con el privilegio de haber compartido tantos momentos con él.

Porque al final eso es lo que permanece. No los años que pasan ni la dureza de la enfermedad, sino la huella que una persona deja en quienes tuvieron la suerte de cruzarse en su camino. Gracias por tanto, Carmelo. Ha sido un privilegio conocerte. Mientras haya alguien que siga recordando tus historias y la forma en la que entendías el Athletic, una parte de ti seguirá estando muy presente entre nosotros.

Goian bego!

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